
|
Las denuncias con pruebas de la corrupción que campea en todas las instancias del desgobierno palído-boschista tienen desesperados y al coger el monte a los funcionarios del narco gobierno herencia directa del archi traidor Juan Bosch que diestramente escogió como su heredero al pontífice de la corrupción Leonel Antonio Reyna 24-07-2009
Cuando a través de un distante acceso a las maquilladas informaciones, en extremo filtradas por compactos tamices, y podamos así tener un tenue conocimiento de los alegatos que el anfitrión de la comilona, efectuada en el local del Estado Mayor de la corrupción entronizada en el Poder, entre el arquetipo de la condición de ser disoluto, de un lado y del otro, los compinches de éste, que han hecho de ser su farandulero coro de apoyo y encubrimiento desde los puestos ejecutivos y más importantes de la prensa amarilla en general, esgrimiera, como apologista y teórico a ultranza de los peores infamias de corrupción que hasta ahora se tiene conocimiento se pueden efectuar desde un gobierno, sólo y únicamente atinamos a concluir que, según esta experiencia, todo viene a indicar que el personaje éste, llamado Juan Emilio Bosch Gaviño, cuando ya no podía obviar que había entrado de lleno en su ocaso y que estaba cerca el final de su larga existencia de fechorías y vagabunderías de toda índole dentro del mundo de las crápulas más inmundas, optó por hacer la madre de todas las canalladas (en las que indudablemente y sin mezquindades reconocemos que era un verdadero e irrepetible maestro); y esa última acción, tan infame como ignominiosa, consistió en lanzarse a buscar, junto con los organismos de espionaje e infiltración de la CIA y el Departamento de Estado norteamericano, para ser designado y colocado como su heredero y continuador, al personaje más falto de escrúpulos y así de descarado por igual, un producto sin igual dentro de lo más podrido del seno de la inmundicia social, o sea del lumpen, que sólo le importaran sus bajas pasiones y sus más bastardos instintos, para quien su patria fuera, por puro mercenarismo jamás hasta ese momento pensado que pudiera existir, la potencia imperial norteamericana, por la infinita capacidad criminal, de opresión, explotación, saqueo y robo de dicha potencia imperialista, que su rostro fuera la personificación misma del descaro, que no conociera otra forma de elucidar los problemas y asuntos serios que el más espurio sofisma, en aquél que, por tener todas esas características personales, garantizara que no se detendría ante nada ni por nadie para lograr sentirse satisfecho por toda la podredumbre que es capaz de engendrar y propiciar que sea expandida; y si bien Juan Emilio Bosch Gaviño, que creó dos corrup-partidos políticos, cual de los dos más abyectos y repugnantes, y si hubiese creado diez, los diez hubiesen sido cada vez más canallas según el mismo orden en que los hubiese creado, en cuanto a elegir al arquetipo de lo peor, y unido al espionaje del imperialismo yanqui en tan abominable labor, hemos de reconocer y admitir, partiendo estrictamente de lo expresado por el anfitrión de la comilona con sus criaturas del periodismo amarillo mercenario y mendaz, que tenemos que ser francos, honestos, honrados, y sinceros y reconocer que el profesor en la materia de cómo ser, vivir y morir como un canalla, que fue Juan Emilio Bosch Gaviño, logró lo que se propuso y quiso buscar como su heredero, representante y continuador. Leonel Antonio Reyna convocó la comilona-banquete con los sobornados manipuladores de la opinión pública, simple y llanamente para reafirmar que él, y nadie más, es el pontífice de la corrupción, de la que es, claro está, empleando sofismas baratos, el más recio teórico, una vez que en la práctica de lo que es ser corrupto ha tenido una indudable y consistente práctica a tiempo completo. Lo único es que ese oficio de la corrupción, cuando se lleva a cabo en contra y en perjuicio directo de toda una población y en desmedro de una nación, de la que por ese medio de marras se llega hasta a cuestionar su solemne derecho a la existencia, se convierte en un oficio de tan alto riesgo que, sin muchas dificultades, conlleva que sus protagonistas y profesionales, cuando intenten creer que la impunidad es su derecho, obtengan el final más bochornoso y aborrecible. Leonel Antonio Reyna, junto a un staff del Estado Mayor de su administración gubernamental que, cada vez más dominicanos conscientes no pueden dejar de reconocer que posee innegables y muy sobresalientes connotaciones propias a un corrupto-narco-terrorista-gobierno, en forma tal que, si un cubano común y corriente lo estuviera escuchando, inevitablemente habría pensado en alta voz: “éste es un descarado de los más grandes que se haya podido conocer”, corroborando que, como abogado, jamás poseyó calidad que no fuera la de un rábula del derecho o pica pleitos, razón por la que su función de más relieve en su profesión fue la del despreciable abogado de oficio. Así, consagrándose como pontífice de la corrupción, de lo que dijo, habidas cuentas de que se jacta de ser el único líder conceptuoso, en quien sus palabras obedecen a un sistema de conceptos lógicos hilvanados en forma coherente, queda con claridad expresado que, ciertamente, es dueño de una cuantiosa e inconmensurable fortuna, que forma su meteórico patrimonio personal, pero que esa fortuna-patrimonio personal no la ha obtenido desfalcando los fondos del Estado, no ha sobornado a nadie, expresa y directamente, todo lo que se puede establecer como parte de la figura del robo, y a su protagonista como un ladrón, y es que, forzosamente, sus palabras tienen ese significado personal suyo y para sí, puesto que resulta muy notorio que el pontífice de la corrupción haya enfatizado que corrupción es disponer de los fondos públicos para fines personales, y nada más. Que el uso de patrimonios estatales que después de usados por particulares quedan iguales, no son un acto de corrupción sino debilidades y cosas por el estilo. Y que lo corrupto y la corrupción consisten en el enriquecimiento con fondos públicos. Todo esto repetido y reiterado desde todos los ángulos y formas tanto por el pontífice de la corrupción como por los acompañantes suyos, miembros del Estado Mayor del corrupto-narco-terrorista-gobierno del que él, Leonel Antonio Reyna, es el cabecilla. Así, de tanto enfatizar, repetir y reiterar que corrupción consiste en el robo de los fondos públicos por parte de un funcionario, es que se llega a comprender que su empeño es dar a entender y buscar que se le acepte que el uso del Estado, cosa que Leonel Antonio Reyna hace de manera permanente, para desde él obtener millones de dólares y euros, así como bienes y otros patrimonios, como comisiones, a título de lobbismo, no es corrupción, que eso es lícito, legal y legítimo puesto que no está penado por ninguna ley vigente en el Código Penal ni en la Constitución. Y que sus funcionarios, evidentemente como parte de un plan acordado y minuciosamente trazado, alrededor del cual estallan uno tras otros los escándalos, como el de los robos de Roberto Rosario en la Junta Central Electoral, los negocios de Radhamés Segura desde la CDEEE, como los de carácter gangsteril que hiciera Felucho Jiménez, en mutuo acuerdo y repartición de dividendos con Leonel Antonio Reyna, o como los que lleva a cabo Francisco Javier García Fernández desde la Secretaría de Turismo o Jaime David Fernández Mirabal desde y a través de la Secretaría de Medio Ambiente, o Euclides Gutiérrez Félix, Flavia García de Gutiérrez en la Dirección de Pasaportes y la cuñada de Euclides Gutiérrez, como los negocios de Alejandrina Germán desde y en la Secretaría de Educación y el desayuno escolar, o los de los hermanos de ésta, los gángsteres Mariano Germán abogado y Mariano Germán el ingeniero del Indrhi, no son actos de corrupción, como tampoco son, ante el podrido parecer del pontífice y apologista como rábula del Derecho de la corrupción y los corruptos, los actos que lleva a cabo su mujer, siguiendo paso a paso las huellas de Teodora, desde su creado ministerio donde maneja más millones que los que se le asignan a todos los hospitales públicos. La desesperación del pontífice es patente, y a juzgar por las vagabunderías últimas del tartufo Julio César Valentín desde el lenocinio que es la Cámara de Diputados y Reynaldo Pared Pérez desde el lenocinio mayor que es el Senado, la desesperación se expande y tiene al palidismo pelegato boschista contra la pared y bajo la acusación implacable del soberano pueblo con su índice acusador señalándolos.
|